¿Por qué tengo ataques de pánico y/o agorafobia?

Para los psicólogos nuestra consulta funciona entre otras muchas cosas como una fuente de datos sino estadísticos, bastante orientativos en cuanto a algunas tendencias. Mismos trastornos  se repiten cada día en diferentes personas, y salvando que siempre hemos de tener en cuenta los factores ideográficos de cada vida y de cada problema, sería necio no realizar también algunas asociaciones entre esos casos. Y así es, se repiten síntomas, hay relatos comunes entre gente muy diferente acerca de la vivencia extrema que supone un ataque de pánico, lo que nos indica que tratamos con un factor muy humano, inscrito en la parte más antigua de nuestro cerebro, concretamente en la amígdala. Hablamos del miedo.

No sólo la vivencia psicofísica del ataque de pánico es compartida en distintos grupos poblacionales, también lo son algunos antecedentes personales, vinculaciones parentales y modelos educativos. Sin embargo  habría que resaltar un factor muy importante, no tanto en el origen como  en el curso de este tipo de sintomatología: la autopercepción del problema. Nos estamos refiriendo a las respuestas que daríamos a preguntas tales como: ¿Siente o cree la persona que padece una enfermedad mental crónica? ¿O tal vez piense que se trata de un síntoma circunstancial? ¿Cree o siente que es algo biológico, heredado, educacional…?. Y sobre todo ¿Qué grado de control cree que puede llegar a tener sobre los síntomas?

Cuando el pánico o la agorafobia, ya sean síntomas asociados o no (obviamente están muy relacionados), irrumpen en la vida de la persona digamos que se produce un antes y un después en su historia personal. El grado de trauma asociado por la vivencia del pánico generalmente es alto, motivado por el desconocimiento de lo que le puede estar sucediendo. Es por eso que se llega a consulta con una percepción alta de descontrol sobre el síntoma. Justo en ese momento podemos intervenir. Y un buen abordaje terapéutica pasará por trabajar primero en contener emocionalmente las crisis del paciente, para después pasar a trabajar en la aceptación de los síntomas de ansiedad como algo propio y por tanto dominable. Cada vez que colocamos el miedo fuera de  nosotros mismos y lo consideramos  una amenaza externa, nuestras posibilidades de controlar este disminuyen.

¿Pero qué determina que unas personas tengan ataques de ansiedad de forma intermitente o crónica en su vida y otras no sepan si quiera de qué estamos hablando? Obviamente hay que aceptar una cierta vulnerabilidad genética.  Autores como Barlow han diferenciado una vulnerabilidad genética no específica a experimentar una mayor emocionalidad o afecto negativo ante el estrés; así como una vulnerabilidad genética específica a reaccionar al estrés con ataques de pánico en lugar de otras respuestas, tales como dolor de cabeza o de estómago. Esta determinación genética interactúa con la vulnerabilidad aprendida a centrarse en las sensaciones corporales sintiéndolas como peligrosas, lo que facilita reacciones de miedo y escape. La forma que adoptan estas últimas viene determinada en gran parte por variables psicológicas y ambientales. Y es sobre estas últimas donde actuamos en una psicoterapia. Si estás sufriendo agorafobia, crisis de pánico, fobia social o cualquier cuadro de este tipo no dudes en realizar un proceso psicoterapéutico. Explora, investiga y trabaja con tu miedo, no lo evites, pues ya sabes que no funciona.

Carolina Pérez
Psicóloga sanitaria
Arturo Soria Psicólogos

 

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