Complejidad de la violencia de género

Una mujer no inicia una relación con la misma persona que finalmente se convertirá en su agresor.

               En la violencia de género, el hombre pone en marcha un amplio abanico de estrategias y comportamientos violentos inicialmente intermitentes, sutiles y de baja intensidad, pero que progresivamente aumentan en gravedad y frecuencia. Varias teorías, todas ellas complementarias, que explican la dificultad que tiene una mujer para identificar que está sufriendo maltrato por parte de su pareja:

La Teoría del Ciclo de la Violencia

1ª Fase: la relación de pareja empieza a estar marcada por la «tensión» que generan las cuestiones cotidianas sin importancia (la comida de ese día, la camisa sin planchar, etc.). La mujer no tiene el control ni de la frecuencia ni de la intensidad de los sucesos violentos. Pero en este primer periodo, la mujer-víctima, aún tiene capacidad para retrasar o acelerar las agresiones, siempre que acepte o no las exigencias del maltratador.

2ª Fase: en esta fase aparecen las primeras agresiones físicas, en la mayoría de los casos, muy graves. El agresor se justifica diciendo que es el castigo necesario para que la mujer comprenda, acate y ejecute las acciones que él cree justas. La víctima no tiene ningún control ni sobre la frecuencia ni sobre la intensidad de las agresiones. En esta fase es cuando algunas mujeres agredidas se animan a denunciar su situación.

3ª Fase: el agresor y maltratador familiar se muestra arrepentido, promete que cambiará y no volverá a agredir a la mujer e incluso acepta medidas de ayuda externa (ir a un psicólogo, consultar con especialistas, etc.). Esta es la fase que perpetúa el «aguante» de las víctimas de la violencia doméstica porque el castigo que recibe la mujer (las agresiones físicas y psicológicas) se asocia a un refuerzo positivo inmediato para la víctima (el perdón solicitado con muestras de cariño y arrepentimiento) y también se asocia a un refuerzo positivo a largo plazo (el supuesto cambio que se producirá en el agresor con apoyo especializado).

La víctima no es consciente de la presencia de este Ciclo de Violencia y adopta la responsabilidad de apoyar al agresor en los momentos de arrepentimiento y de aparente cambio de actitudes. Esta situación lleva a que la víctima se culpe por no tener la capacidad para conseguir el cambio deseado y por tanto, su autoestima también se ve afectada (rol de género de la mujer por el que ésta tiene interiorizado que lo que se espera de ella en pareja sea cuidar y luchar por la relación).

Esta Teoría dice que el ciclo es cada vez más corto, es decir, que el tiempo que transcurre de la 1ª a la 3ª fase es menor; el maltrato es cada vez más frecuente y violento; la víctima cada día confía menos en su capacidad para resolver esta situación y tiene menos recursos psicológicos. Por tanto, cuando mayor sea el tiempo que la víctima forme parte de este ciclo de violencia, mayor será el esfuerzo de recuperación y mayor la dificultad para salir del mismo.

Síndrome de Adaptación Paradójica de la Violencia de Género (Disociación emocional e identificación con el agresor)

Las mujeres maltratadas sufren una exposición constante al miedo que provoca la agresión física continuada en su espacio íntimo. Los iniciales estados agudos de ansiedad se cronifican pasando a generar cuadros depresivos que se unen a las claves traumáticas del escenario de violencia para producir una configuración en donde la mujer, cada vez más aislada del mundo seguro que conocía junto a su pareja íntima, comienza a perder la noción de una realidad que ya no reconoce.

La mujer, ante estas perspectivas, pierde la capacidad de anticipar adecuadamente las consecuencias de su propia conducta y cede, cada vez más, a la presión de un estado de sumisión y entrega que le garantiza unas mínimas probabilidades de no errar en su comportamiento. El agresor mostrará momentos de arrepentimiento que contribuirán aún más a desorientar a la víctima y a incrementar la autoculpabilización de la mujer.

La incapacidad de la víctima para poner en práctica recursos propios u obtener ayuda externa para disminuir el riesgo de agresión impulsará a la mujer a adaptarse, vinculándose paradójicamente a la única fuente que percibe de acción efectiva sobre el entorno: su pareja violenta. Para ello, disociará las experiencias negativas de las positivas y se concentrará en estas últimas, asumiendo la parte de arrepentimiento de su agresor, sus deseos, motivaciones y excusas, es decir, identificándose con su agresor. Protegiendo así su debilitada autoestima y modificando su identidad. Después, cada una de las percepciones e informaciones que reciba la mujer pasarán por el filtro del nuevo modelo mental que ha asumido para explicar su situación, complicándose en gran medida las probabilidades de extraer a esa víctima del entorno de violencia.

Teoría de la Indefensión aprendida

La teoría de la indefensión aprendida, de Seligman, ayuda también a la comprensión de la permanencia de la mujer en el entorno violento.

Según esta teoría, para que se geste el aprendizaje de la indefensión, las agresiones o ataques del agresor han de ser percibidas por la víctima como imprevisibles, ineludibles e incontrolables.

Así, tras los primeros episodios y ante la pérdida de capacidad para manejar las conductas del agresor, la situación de miedo e inseguridad por parte de la mujer origina respuestas de ansiedad extrema y alerta permanente, con síntomas como: alta activación neurovegetativa, falta de control sobre las situaciones y sobre las propias reacciones, bloqueo psicológico  y desconcierto y confusión mental. Además, la cronificación de este cuadro, provoca a su vez sintomatología depresiva como: lentitud en la respuesta voluntaria, impotencia y desesperanza.

El Vínculo Traumático

Esta teoría fue desarrollada por Dutton y Painter y hace referencia a una relación basada en el desequilibrio de poder que ejerce el maltratador golpeando, abusando o intimidando a su pareja de forma intermitente y creando en ella fuertes apegos emocionales.

El vínculo traumático se hace más poderoso cuando un castigo físico es administrado a intervalos, es decir, periodos de castigo con otros más amigables.  La diferencia extrema entre ambas conductas acrecienta aún más el vínculo (Reforzamiento negativo),  la conducta de arrepentimiento se asocia al cese de la violencia y la fase de “luna de miel” descrita por Walker queda reforzada. El arrepentimiento se establece  como estímulo positivo.

Cuando una mujer abandona una relación abusiva, el miedo comienza a debilitarse por la distancia y esta sensación de alivio por cese de la violencia, que quedó grabada como un esquema mental, comienza a cobrar fuerza. La figura de la pareja que se mostraba arrepentida y amorosa es recordada en la distancia y cuando el estímulo reforzado es más intenso que el miedo, es posible que la mujer decida retornar.

En situaciones de un extremo desequilibrio de poder, la perspectiva del agresor será interiorizada por la persona menos poderosa que se autovalorará progresivamente más necesitada de la otra.

Quien posee mayor poder, el agresor, adquiere una idea sobredimensionada de sí mismo; es por esto por lo la persona poderosa se vuelve dependiente de la sometida; pues a través de este desequilibrio puede sostener la imagen adquirida. La sensación de poder es una especie de máscara de la cual se desprende cuando su víctima intenta abandonarlo. Esta es la explicación de los intentos desesperados del maltratador para atraer a su pareja a través de amenazas o de ficciones de arrepentimiento.

La desvalorización de la mujer junto con los intentos del agresor para mantener su imagen a costa del sometimiento de la mujer explican las dificultades para la ruptura de esa relación.

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